Lisbon: Once upon a time in the West

This is the travel account of my trip to beautiful Lisbon (along with over 50 photos), published in Spanish. Click on any photo to enlarge:

“Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida…
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?”
Fernando Pessoa

Calles empedradas cuyos edificios todavía evocan recuerdos del mar (o sea, del estuario) y del pasado cosmopolita de la ciudad… podría ser Alejandría o Tánger, pero estoy en Lisboa, y empiezo la visita recorriendo un café fin-de-siècle tras otro, siguiendo a un poeta extraordinario.

Aquí estoy, paseando por las elegantes calles de Chiado y la Baixa. Una pasión por un poeta se convierte en una búsqueda de setenta y dos hombres que no existen, o quizás existen, y la búsqueda, a su vez, se convierte en una experiencia cultural y culinaria, saboreando siglos de una tradición gastronómica latente en sus postres que se ofrecen en los mostradores de todos los cafés y pastelerías de Lisboa.

Los setenta y dos hombres de los que voy buscando son los heterónimos del poeta Fernando Pessoa (1888-1935). Ricardo Reis, Alvaro de Campos, Alberto Caeiro y otros, todos distintos y, al mismo tiempo, con algo en común: son todo lo que Pessoa era, y lo que no era. Son la doble cara de Lisboa, la sencillez de un placer y la grandeza de un imperio.

El Elevador de la Gloria nos lleva a Chiado, donde veo a Pessoa por primera vez (su famosa estatua de bronce, que atrae a fanáticos como yo) justo enfrente del emblemático Café A Brasileira (1905), uno de los refugios favoritos del poeta y uno de los puntos neurálgicos de la vida cultural de Lisboa a principios del siglo XX. Bastante cerca de aquí está el lugar donde nació Pessoa, ahora ocupado por el Teatro Nacional de São Carlos, inspirado en La Escala de Milán. Pero Pessoa no es el único poeta aquí, ni el Teatro Nacional el único teatro: el barrio de Chiado –repleto de teatros– lleva el nombre de otro célebre poeta del siglo XVI.

Bajando por la Rua Garrett y acercándome al Tajo llego al final de mi búsqueda: el Café Martinho da Arcada, el más antiguo de la ciudad (1782), y el destino favorito de Pessoa y Saramago. Una vez dentro, el camarero nos enseña las mesas donde los dos genios escribían mientras se tomaban un bica (café solo) tras otro. El paño de azulejo en la barra nos prepara para la fiesta que nos espera en las iglesias y los palacios de Lisboa.

Baixa, una ciudad reinventada
Una gran parte de la Baixa de hoy es fruto de un laborioso plan diseñado por el Marqués de Pombal, el primer ministro de Dom José I a mediados del siglo XVIII. El terremoto de 1755 no sólo mató a 15.000 lisboetas, sino que además destruyó la ciudad, y el Marqués de Pombal ordenó la construcción de otra nueva cuyos aspectos más destacados hoy en día son la plaza ribereña llamada Praça do Comercio, el Arco Triunfal que comunica la plaza con la Rua Augusta y las calles que representaron agrupaciones de gremios y artesanos: Rua de Fanqueiros, Rua de Sapateiros y Rua Aurea son algunos de sus ejemplos (calle de los Tejedores, calle de los Zapateros y calle de los Joyeros, respectivamente).

La Baixa sigue siendo el núcleo urbano de Lisboa, junto con las plazas de Restauradores, Figueira y Rossio. Abundan los cafés extraordinariamente elegantes por la zona y no se puede obviar el “lujo” de desayunar o pasar la sobremesa en Casa Suíça (Rossio), Café Nicola (Rossio) o Confiteria Nacional (Figueira). El ambiente de estos cafés ha sido siempre una especie de termómetro del clima cultural, social y político de la ciudad.

Desde la segunda planta de la Confiteria Nacional (fundada en 1829) se disfrutan las vistas de Praça de Figueira, donde decenas de jóvenes patinan cerca de la estatua de Dom João I; es un sitio tranquilo y pacífico aunque, bastante cerca de aquí, ocurrieron hechos horribles que no se pueden olvidar.

Convivencia… de nuevo“En memoria de judíos víctimas de la intolerancia y del fanatismo religioso, asesinados en la masacre iniciada el 19 de abril de 1506.”

Esta frase, grabada en una piedra enfrente de la Iglesia de São Domingos, narra el punto culminante de una intolerancia que había empezado siglos antes. Esta misma iglesia fue el sitio de donde partían las procesiones de los autos de fe mientras el Teatro Nacional, en el cercano Rossio, ocupa el lugar de lo que era la sede de la Inquisición.

Pero ahora no se distingue la hoguera en la plaza y ya no circula ninguna procesión. Lo que sí se ve son las palomas que deambulan por la plaza y la comunidad africana que siempre frecuenta la zona: un recuerdo del pasado colonial de Portugal en Angola, Cabo Verde, Guinea-Bissau y Santo Tomé, y un símbolo de un nuevo “contrato social” de convivencia en Lisboa, una ciudad que acoge a brasileños, subsaharianos, indios de Goa, indonesios de Timor y, recientemente, a emigrantes de Europa del este. Sin embargo, muchos de los inmigrantes se sorprenderían al escuchar la palabra “convivencia”.

Recuerdos de Al-Ushbuna
“Esta hermosa ciudad, que se extiende a lo largo del río, esta ceñida por murallas y protegida por un castillo. En el centro de la villa hay fuentes de agua caliente, tanto en invierno como en el estío.” – Al-Idrisi s. XII.

Tanto Al-Idrisi como Al-Udri nos legaron sus descripciones de Al-Ushbuna (o Al-Uxbuna), la Lisboa Islámica, una ciudad estratégica que, a partir de 714, se había convertido en parte de al-Andalus. En 844, la urbe fue atacada y saqueada por los vikingos, pero nadie imaginaba lo que acontecería unos trescientos años después.
Un tramo de los muros que rodeaban la ciudad, la Cerca Moura (s. X), nos muestra lo bien defendida que estaba la ciudad andalusí. Sin embargo, este muro no logró frenar a Dom Afonso Henriques quien, en 1147, tomó la ciudad ayudado por un ejército de cruzados franceses, alemanes y flamencos, entre otros. Según los historiadores, estos cruzados –inicialmente– estaban de paso, en su ruta hacia Oriente Medio (para liberar Jerusalén). La caída de la ciudad resultó catastrófica para la población que fue víctima de una terrible masacre y “las vidas se extinguieron como lámparas de aceite gastadas…” en palabras de José Saramago (Historia del Cerco de Lisboa, José saramago).

Los vestigios de Al-Ushbuna se adivinan en la estructura laberíntica de Alfama y la Mouraria (la Morería), así como en los hallazgos que se pueden admirar en el interior de la hermosa Catedral de Sé.

Alfama (que viene de la palabra árabe Al-hamma, o fuentes termales) nos desvela el modelo más representativo del urbanismo árabe en Lisboa. Además, es el hogar del legendario fado que nació aquí (s. XIX) y cuyas tonalidades todavía llevan impresa una huella claramente árabe… una huella que se extiende al otro arte distintivamente portugués: el azulejo, que proviene – nombre y artesanía– del árabe: az-zulayj. Las raíces andalusíes también se filtran sutilmente en la repostería de Lisboa, rica en miel, queso fresco, almendras y piñones.

Un paseo por Alfama se convierte en una aventura musical, con un sinfín de bares y casas de fado que muestran la cara más costumbrista de Lisboa, y donde los fadistas cantan con el acompañamiento de la guitarra portuguesa. ¡Ojalá apareciese otra Amália o Mariza por uno de estos rincones!

El Castelo de São Jorge
Los callejones de Alfama nos llevan al monumento islámico más importante de Lisboa: El Castelo (Castillo) de São Jorge, el referente visual más icónico que domina el horizonte de Lisboa, y que se puede contemplar desde la mayoría de miradores de la ciudad. No debe sorprender que la mayor ciudad de gharb al-Andalus (el Occidente Andalusí) tenga un castillo tan imponente.

Construido a mediados del siglo XI durante la época de los reinos de taifa, el castillo pasó a servir como residencia real de los reyes de Portugal entre los siglos XIII y XVI. Un paseo por el adarve que va de una torre a otra nos ayuda a comprender el carácter militar del castillo y nos ofrece espectaculares vistas panorámicas del estuario y de la ciudad en general.

Cerámica vidriada y pintada, exquisitos amuletos, lápidas funerarias… el Centro museológico alberga una colección de objetos descubiertos durante las excavaciones realizadas en la colina del castillo. En su mayoría, la colección data de la época andalusí.

Sabores de Lisboa
“Cheira bem, cheira a Lisboa” – un fado de Amália

Huele bien, huele a Lisboa… huele a la doble generosidad del Tajo y del Atlántico… huele a pescado y a marisco y, sobre todo, a bacalhau (bacalao), a sardinha (sardinas), a lulas (calamares), a chocos (sepia) y a polvo (pulpo), con su aceite y su ajo y perejil.

Los platos de Lisboa pueden activarnos las papilas gustativas durante horas y mientras esperamos impacientes nuestro almorzo en un restaurante tradicional, disfrutamos de una cálida conversación con dos ancianas, cuyas recomendaciones resultaron muy acertadas: la caldeirada –sopa tradicional de pescado con patatas, tomates y cebolla– y el arroz caldoso de marisco, ambos deliciosos.

Entrar en uno de los restaurantes de Lisboa es en sí toda una experiencia: los locales donde se bromea con los camareros, debates sobre el último partido de fútbol y, sobre todo, platos muy generosos y riquísimos.

Para aquéllos a quienes les gusta explorar algo más allá de la comida portuguesa, Lisboa es un paraíso de sabores exóticos y cocinas étnicas, gracias a la profusión de restaurantes que ofrecen platos de la India, de Brasil y de países africanos.

Pensaba que estábamos ya llenos, pero al llegar a Belem y no probar el famoso pastéis de Belem habría sido un pecado. Se dice que la larga cola enfrente de la Antiga Confeiteria de Belem (funda en 1837) nunca se termina, pero por fin logramos comprar sus reputados dulces. Los pasteles, cremosos y calientes, con un toque de azúcar glacé y canela espolvoreados por encima, nos dejaron prácticamente sin palabras, pero la tentación del banquete monumental de Belem nos animó a levantarnos… ¡un pastel más y nos fuimos!

Belem, el legado manuelino
“De Lisboa fue de donde partieron los aventureros que hicieron una expedición para saber lo que encierra el Océano Tenebroso y cuáles son sus límites.”
Al-Idrisi (s. XI).

El realismo mágico de los relatos que nos legaron los cronistas árabes se plasmó en hechos reales en el siglo XV cuando, impulsados por Manuel I, los exploradores y los marineros portugueses grabaron el nombre de su país en el mapa del mundo… Así nació un imperio tan poderoso que el papa tuvo que dividir el “nuevo mundo” entre Portugal y España mediante las famosas Bulas Alejandrinas (1493). Vasco da Gama inauguró la ruta hacia la India, doblando el Cabo de Buena Esperanza; Afonso de Albuquerque conquistó Ormuz, Goa y Malaca; Pedro A. Cabral descubrió y conquistó Brasil; Enrique el Navegante (fue padrino de todos ellos y pionero de la exploración portuguesa), etc. y aquí en Belem éstos y otros descubridores reciben el justo homenaje que se merecen, inmortalizados por el Padrão dos Descobrimentos (Monumento a los Descubrimientos), una proa justo adentrándose en el Tajo.

En la desembocadura del Tajo, la Torre de Belem fue construida para conmemorar la expedición de Vasco da Gama hacia la India (1497) y para defender el río. El agua y la arquitectura entran en un diálogo que no es posible en ningún otro sitio de la ciudad. La maravillosa torre blanca permanece altiva como si desafiara al viento. Este icono de Lisboa responde al estilo manuelino típico de las primeras décadas del siglo XVI, pero sin duda, la obra maestra absoluta del manuelino es el cercano Mosterio dos Jerónimos (Monasterio de los Jerónimos) que, junto con la Torre, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983.

Pasamos la tarde embelesados por la ligera brisa y la serenidad de la Torre, cuyo color iba cambiando al compás del sol que se movía lentamente, reflejando todas las sombras del blanco, del rosa y de oro, jugando con el azul cambiante del agua.
Penetrar en el Mosterio dos Jerónimos es sumergirse en un mundo fantástico particularmente portugués. Bajo el mecenazgo del rey Dom Manuel I de Portugal se inició un ambicioso proyecto constructivo que supone una de las mayores cimas del gótico tardío en Portugal. Llamado “manuelino” (en referencia a Manuel I), es muy distinto del gótico tardío de sus vecinos españoles, llamado “isabelino” (en referencia a Isabel la Católica).

Bóvedas polinervadas sobre columnas entrelazadas, una esquematización geométrica leal a los valores góticos, arcos apuntados y gárgolas fantásticas, un programa iconográfico marcado por símbolos marítimos (cuerdas, nudos, corales y algas) y otros de la realeza (la “M” de Manuel)… todo confluye haciendo que el manuelino sea un estilo muy decorativo y realmente impresionante.

En 1502 el rey Manuel I mandó erigir el monasterio para conmemorar el primer viaje a la India de Vasco da Gama, y sus restos mortales serían más tarde trasladados a la iglesia del monasterio. En esta misma iglesia yacen los poetas Luís de Camões y nuestro amigo Fernando Pessoa, porque Lisboa nunca olvida a sus poetas.

Un último paseo por la ciudad
Continuamos con una visita al increíble Museo Nacional del Azulejo, este tour-de-force de azulejos azules y blancos se puede admirar también en muchas iglesias en cuyos interiores se respira un ambiente entre barroco, neoclásico y neomanuelino, que revela la complejidad de la superposición de estilos tan diferentes a lo largo de los siglos.

Volvemos a Alfama otra vez para disfrutar de las ultimas vistas de Lisboa desde el Mirador de Santa Luiza y el de Portas do Sol. Después tomamos el tranvía que nos lleva al Mirador de Santa Catalina, desde donde contemplamos el magnífico panorama de la ciudad y del río.

Tomamos ese mismo tranvía rojo o amarillo para volver a la Baixa y pasamos por muchos sitios ya familiares para nosotros… un “flashback” de nuestro viaje… un último recorrido por la ciudad de descubridores y poetas… y como dijo Pessoa:
Otra vez vuelvo a verte – Lisboa y Tajo y todo–
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos…

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